by jorka

REALIDADES

19 septiembre 2006

Velorios, pasado y presente

Sin duda que fue un fin de semana dieciochero 2006 fuera de lo común, pero lleno de recuerdos de mi niñez. Todo comienza cuando mi mamá me comunica que falleció el abuelo de uno de mis mejores amigos, si es que no es el mejor. Impactante noticia para el “comienzo” del fin de semana, era domingo, que se extendía como nunca hasta el martes. El lunes asistí al velorio y mientras presenciaba y participaba del rosario vinieron muchos recuerdos asociados al fallecimiento de mi abuelo, cuando yo tenía no más de 10 años y junto a mis dos hermanos menores no cachábamos nada pero estábamos ahí, como de costumbre, haciendo cagadas.
Como no tuvieron con quién dejarnos en Viña, mis papás se vieron obligados a traernos con ellos a Limache, lugar donde vivía mi abuelo y ejercía como artesano (tallaba madera y hacía exposiciones donde vendía sus obras. Hasta el día de hoy tenemos en casa dos trabajos de él, un ajedrez ambientado en los campesinos y gente de la ciudad, y un cuadro donde aparece un cacique galopando sobre su caballo).
Recuerdo que llegamos temprano a Limache, había muchos tíos que yo no conocía y que habían venido de muy lejos y estaban desayunando; encontramos nuevos primos pero eran súper awevonados, así que ni los pescamos mucho. En fin, en nuestra fantasía infantil no existía el ambiente de la muerte. Al menos yo entendí que mi abuelo había fallecido, que no lo veríamos más, que siempre estaría con nosotros y que ahora “vivía” en otro lugar muy cerca de Dios.
Durante el rosario, me llamó la atención el Cajón donde yacía el abuelo de mi amigo y ahora con una noción más “ingenieril” del espacio-tiempo, comprendía la razón porque cerraron la iglesia donde velaban mi abuelo años atrás. En esencia, el cajón se coloca sobre unos caballetes que deben tener cerca de un metro de altura, encima viene el cajón que tiene medio metro más; un metro y medio de altura aproximadamente y la estructura no es muy estable si uno la empuja o mueve desde el lado.
Bueno, nosotros jugábamos en los juegos de la plaza de Limache que están frente a la iglesia. Recuerdo que me intrigaba el ir a ver mi abuelo dentro del cajón, ya que mi mamá insistió muchas veces que no había que ver al abuelito una vez muerto y que debíamos quedarnos con los lindos recuerdos que teníamos junto a él. Una vez que nos aburrimos de los juegos, me refiero al balancín, columpio, resfalín, barra y una estructura de fierro muy entretenida, obviamente nos fuimos a investigar la iglesia donde se velaba mi abuelo. Nuestro primer desafío fue ponernos los tres de acuerdo para cruzar bajo mi responsabilidad la calle que nos separaba de la entrada a la iglesia. Para suerte nuestra, no había nadie en ese momento dentro de la iglesia. La inspeccionamos de extremo a extremo, gateamos debajo de la mesa del cura, jugamos en los confesionarios, apagamos y encendimos velas y miramos y analizamos todos los santos que encontramos en las paredes. Hasta que finalmente dimos con la CAJA PROHIBIDA. Efectivamente, sólo ahí podía estar nuestro abuelo en exhibición. La tentación fue más grande, me acerqué al cajón levanté la “ventana” y encontré a mi abuelo con una expresión de paz y calma y muy sonriente, como si se estuviera riendo de los comics que publicaba en la sección de humor del diario local. De acuerdo a lo que nos cuentan en la familia, de él debemos haber heredado la facilidad para poner sobrenombre a las personas, reírnos de defectos físicos y mirar muy críticamente las situaciones para luego reírnos de ellas.
Debo confesar que durante los primeros 3 segundos me vino una sensación de culpabilidad porque había quebrantado la orden de mi mamá. Ya me imaginaba la cantidad de correazos que me iban a llegar, más todavía si mis hermanos me acusaban. A todo esto, ellos estaban atentos a mi y enseguida quisieron ver al tata Alfonso. Como eran más pequeños que el metro y medio que estimé, a mi hermano que sigue le hice patita junto a mi hermano menor y él abrazándose al cajón y nosotros con todas nuestras fuerzas lo sostuvimos a la altura deseada, para que lograra ver al abuelo. También quedó algo impactado, pero al segundo dijo algo como “si, es el tata Alfonso”. Bueno, mi hermano chico se puso a alegar enseguida que él también quería ver al abuelo y mi otro hermano también quería seguir viéndolo y yo también quería volver a verlo. Entonces para que todos quedáramos contentos, primero subimos a mi hermano menor y se sentó como quien se sienta sobre un caballo, justo en la ventana para mirar adentro. Luego con más esfuerzo logré subir a mi otro hermano detrás de él y yo en puntillas logramos ver y comentar nuestro abuelo al interior del cajón. No recuerdo lo que conversamos, pero de lo que estoy seguro, es que logramos construir toda una historia acerca de la nueva vida de nuestro abuelo y del cómo falleció, ya que estaba tan contento. Una vez que salimos, estábamos tranquilos y súper claros acerca de nuestro abuelo.
Cuando uno ingresa a la iglesia de Limache, se extiendo un pasillo que separa las corridas de asientos hasta el podio donde el cura dicta la misa. Justo antes de los escalones que dan al podio, se ubicaban los muertos en sus cajones. Entonces cuando uno ingresa a la iglesia, se puede percatar enseguida si están velando a alguien.
Había pasado casi una hora desde que entráramos a la iglesia a nuestra investigación y los tres nos encontrábamos apreciando nuestro abuelo, cuando oímos abrirse la puerta y seguido de ello un grito desgarrador de una monja a cargo de la iglesia que corrió hasta nosotros y nos retó durante su carrera. Nosotros, acostumbrados a retos, no nos inmutamos y continuábamos mirando al abuelo. Una vez que llegó la monja a nuestro lado, la recriminamos porque queríamos estar más rato en la misma posición junto al cajón. La monja se espantó un poco que le hayamos contestado y tiró a mis hermanos abajo y acto seguido nos echó de la iglesia y la cerró con llave.
Nos fuimos de regreso a los juegos con la esperanza que volvieran a abrir la iglesia, hecho que no ocurrió hasta que se efectuó la misa. El problema fue que nadie más pudo ingresar a la iglesia a ver al abuelo y mi mamá se enteró minutos más tarde de que nos echaran, porque fue la misma monja indignada a informar que se cerraba la iglesia hasta la hora de la misa, porque se había puesto en riesgo no se qué sacramento eclesiástico.

Poco antes que terminara el rosario, me volví a concentrar en el acto presente. Una vez finalizado me despedí y retiré.