Apuros Aeronáuticos
Se avecinaban cerca de 2 días de vuelo entre Nicaragua e Iceland con una noche de stop en Bogotá y escalas en Panamá, Bogotá y París.
Ya habían transcurrido cerca de 20 días de viajes por negocios y concluía la travesía en la calurosa Managua. Todos los días fueron muy agotadores, con la agenda copada todos los días. Ya sólo pensaba en regresar finalmente a casa y poder disfrutar de un merecido descanso a mi parecer.
El primer tramo entre Managua y Panamá fue agradable y por fin escapaba del calor húmedo (30oC).
El segundo tramo entre Panamá y Bogotá fue algo distinto. Del momento en que el olor a comida comenzó a inundar la cabina, mi estómago inició actividad severa sin parar. Lo único que pedía era poder aguantar hasta el hotel, no faltaba mucho para el aterrizaje pero los retorcijones iban en aumento, tanto en frecuencia como en dolor. No comí nada en el vuelo, sólo tomé un vaso de agua.
Una vez en el hotel y habiéndole solicitado mayor velocidad al taxista, me dirigí rápidamente a la pieza donde pasaría una de las peores noches de mi vida. Primero que nada, habían hecho una reparación al hotel y extrañamente el agua “potable” salía de color café. Ya era tarde para pedir un cambio de habitación o de hotel; cada 5 minutos debía ir al baño. En el frigobar encontré suficiente agua para pasar la noche.
Luego se sumó la fiebre, para lo cual tuve que mojar una toalla para ponerme en el estómago que estaba caliente e hinchado. Después de la fiebre vino el frío pero con la panza hirviendo. Qué hacer? Al día siguiente debía sentarme por 10 horas en el vuelo de Bogotá a París y luego casi 3 horas adicionales para llegar a Iceland. Cambiar la fecha del vuelo a estas alturas era prácticamente imposible.
Entonces decidí aplicar la técnica del agua. Creo que nunca había tomado tanta agua en una noche. A la mañana siguiente fui a tomar desayuno para testear el estómago. Me serví sólo cosas livianas y correspondientes a un enfermo del estómago, pero nada. A los 5 minutos estaba nuevamente en el baño, pero ya sin dolores ni retorcijones. Se acababa el tiempo y del baño salí directamente al taxi que me llevó al aeropuerto.
Me había visto al espejo antes de salir, estaba pálido y me veía demacrado; me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza; no me había bañado por el agua. Así llegué al aeropuerto todo desastrado, hice el check in y luego me dirigí a la puerta de embarque.
Al llegar a la puerta de embarque creo que había sólo una persona además de mi. Luego lo que vino fue cómico y estresante. De pronto comenzaron a pasearse las mismas personas por el pasillo de la sala, una y otra vez. Me miraban cada vez hasta que se detuvieron y me pidieron el pasaporte. Era la policía antinarcóticos. Justo en ese momento quería ir al baño nuevamente y no podía pararme y salir corriendo; de seguro que me dispararían o algo por el estilo. Mi cara debió ser de angustia.
Luego que chequearan el pasaporte y me interrogaran por algo de 10 minutos, decidieron revisar mi equipaje. A esa altura ya no podía más, necesitaba un baño. A ratos lograba controlar los retorcijones. Bajaron mi equipaje del avión, lo revisaron en mi presencia y trajeron un perrito amoroso a olfatear mis cosas. No encontraron nada y una vez terminada la operación les pedí autorización para que me dejaran pasar al baño que había al lado del lugar de revisión. Con desconfianza me dejaron pasar y yo salí corriendo. Me percaté que uno de ellos entró después de mí al baño, pero ante el ruido pirotécnico de mi quehacer biológico y del “mal olor” en el baño, me dejaron seguir cagando tranquilo.

